La disciplina nos ayuda a corregir y tener el control del comportamiento de los hijos. Sin embargo, muchos equiparan el concepto de disciplina con métodos punitivos como el castigo físico.

El cachete, el azote, la bofetada son formas de castigo físico frecuentes y aceptadas por los padres para corregir y controlar a los hijos. Expresiones como “una bofetada a tiempo”, “a mí me dieron un cachetazo y no me ocurrió nada” reflejan esta normalidad. Además puesto que el efecto inmediato del castigo físico es habitualmente la obediencia del hijo, es probable que los padres tiendan a usarlo en el futuro.

Pero este tipo de comportamientos ¿son realmente eficaces? ¿No usarlos significa permisividad y falta de control? Aunque el castigo físico tiene un efecto inmediato en la conducta del menor, no es la mejor forma de inculcar disciplina. Veamos por qué:

  1.   El azote o la bofetada enseñan al menor que la agresión es una buena forma de conseguir lo que queremos y de modificar el comportamiento de las demás personas. Si un niño recibe una bofetada por tocar algo que no es suyo, lo más probable es que el niño repita esa conducta, cuando alguien le coja alguna cosa responderá de la misma manera que ha visto en su casa.
  2. El castigo es percibido como injusto y arbitrario por parte de los hijos. Lo que hace que el menor se muestre cada vez más desafiante. Además daña la autoestima del niño y hace que se distancie más de los padres.
  3.   Los menores se acostumbran con rapidez al cachete o la bofetada,  razón por la cual resultan cada vez menos eficaces y los padres tienen que incrementar su frecuencia e intensidad progresivamente para lograr los efectos iniciales.
  4.   El castigo corporal no ayuda a que el niño interiorice y entienda el mensaje que se le quiere transmitir, sino que le enseña a que no debe comportase de determinada manera, a que no debe de tocar algo, etc.  Y solo en presencia de las personas que aplican el castigo.

Muchos padres creen que prescindir del castigo físico es sinónimo de falta de disciplina, excesiva permisividad o que sus hijos no aprendan a respetar la autoridad, todo esto son creencias erróneas, existen otras muchas estrategias más eficaces para corregir y controlar el comportamiento de los hijos como el refuerzo positivo, la explicación de lo que es correcto e incorrecto, coste de respuesta, el establecimiento adecuado de normas y límites, que no dañan las relaciones familiares y fomentan la autonomía del menor.